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Mayhem en el Teatro de Flores

Por algún motivo al que los no iniciados permanecerán por siempre impermeables, Mayhem es una banda de culto. Claro que esto tiene que ver, en un importante porcentaje, con su biografía. Abanderados del “verdadero Black Metal noruego”, han sabido mantener alto el estandarte del extremismo en todos sus aspectos, mucho más allá de la música.

MayhemSe dice que el arte de ser adolescente en países como Noruega pasa más que nada por aprender a eludir el persistente embole que te pisa los talones desde que nacés. En el caso de estos muchachos, lo hicieron quemando iglesias antiguas y matándose entre ellos, entre otras salvajadas afines. Estos métodos no funcionaron para todos los casos, su primer cantante, Dead, se terminó pegando un tiro en la cabeza, y tuvo la delicadeza de dejar una carta que decía: “Perdón por la sangre”. El guitarrista Euronymous, al encontrar el cadáver, fue a comprar una cámara de fotos descartable, tomó unas imágenes bellísimas que después usaría para tapas de discos, se armó un collar con pedacitos de cráneo y se cocinó una porción de seso de cantante a la plancha antes de llamar a la policía para dar parte del suicidio. Estas anécdotas le valieron a Euronymous una fama diabólica que despertó la envidia del bajista y guitarrista Count Grishnak (Varg Vikernes), quien se cargó a su compañero a puñaladas y fue condenado por homicidio. Cuando la policía lo detuvo encontró en su casa kilos y kilos de dinamita y los planes manuscritos para volar una iglesia cercana.

Hoy, en 2008, con Grishnak estrenando su flamante libertad tras catorce años a la sombra, Mayhem visitó por primera vez la Argentina, y todos los datos morbosos de su historia sirven sólo en parte para comprender lo que es verlos en vivo. Entre la bola de ruido y un desorden escénico destacable, el cantante Attila Csihar emerge pintado con un corpsepainting tenebroso y esgrimiendo una cruz invertida gigante en una mano y una horca en la otra. Divertido con sus juguetes, se dedicó a berrear bestialmente durante aproximadamente una hora, en la que sonaron algunos de los temas más emblemáticos de los escandinavos, como De Misteriis dom Satanis, Deathcrush, o My Death.

MayhemDentro de lo enfermo del cuadro, la batería furiosa y ultraviolenta de Hellhammer se erige como un tambor ceremonial ante el que Satán, si es que existe, no puede permanecer indiferente. La guitarra de Morfeus y el bajo de Necrobutcher escupen convulsiones mórbidas en forma de riffs que penetran con fuerza en las cabezas agitadas de una audiencia que no tuvo respiro. Y Attila, desde una garganta que no conoce la palabra amor, se revuelca en el fango irrespetuoso de la anti música, mientras parece querer llamar a gritos pelados la atención de todas las madres que se preocupan por la mala influencia que puede ser Marilyn Manson para sus hijos.

Es muy difícil juzgar si el show de Mayhem fue bueno o malo. Si dejamos hablar a la concurrencia, el 70 % de El Teatro lleno, y especialmente los pocos que fueron maquillados, aullarán a la luna mientras recuerdan el momento de éxtasis que significó escuchar en vivo los arpegios distorsionados en la intro del clásico Freezing Moon, o la arenga endemoniada de Views from nihil. Los que no somos parte tan arraigada de esta movida, seguramente celebramos que al menos una vez en la vida una banda no nos someta a la demagogia insoportable del eterno agradecimiento y las camisetas de la selección. Para cerrar, muchos de los presentes alzamos una copa de sangre a la salud del caótico cover de Troops of doom, de Sepultura, con el que finalizó la noche.

Lo que sí es seguro es que no hay más Black Metal que esto. Quizás sin las cabezas de chancho que le revoleaban al público durante su etapa más gore, allá por fines de los ’90, pero lo que vimos fue el verdadero, desprolijo, desquiciado y muy, muy, muy enfermo Mayhem.

Nota y fotos por Nicolás Salvarrey

Calificación: 6
Sonido: 5
Pogo: 7
Chicos/as: 10/0

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