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ZZ Top. Luna Park [review]

FOTOS POR JORGE SEBASTIÁN NORO

A priori la curiosidad por ver el show de ZZ Top pasaba por ver que podrían ofrecer tres tipos que tienen la misma formación desde hace ¡40! años y que llevan orgullosos las barbas más largas del rock and roll. Sin embargo, los texanos a diferencia de muchos, no vinieron solamente con la idea de mostrar pergaminos.  Desde el comienzo  con  Got Me Under Pressure, Waitin’ For The Bus y Jesus Just Left Chicago se pudo apreciar que la cosa venía en serio. El sonido era fuerte y nítido – algo que se repitió toda la noche – mientras que una pantalla gigante por detrás del trío, ayudaba a ilustrar las canciones o a darle un nuevo significado a los temas.  De esta manera el show fue creciendo en intensidad y calidad enganchando a un público fiel, calmo y rockero.

Al ver el despliegue escénico uno pensaba que, si trío fuera un whisky sería uno bien añejo con gusto a rock and roll y con aroma a blues, más aún cuando enorme  Billy Gibbons hizo subir a una hermosa señorita para realizar un gracioso interludio en castellano, ponerse su sombrero de blues y darle lugar a Dusty Hill para hacer una espectacular versión de Future Blues seguida de Rock Me Baby y de Cheap Sunglasses (la canción que hizo que no se sacaran nunca más los anteojos de sol tan fieles como sus barbas).

La cosa continuó en una exacta mixtura de rock y blues sostenida en los golpes del imberbe Frank Beard que se hizo aún más intensa en el emocionante homenaje a Jimmy Hendrix con una increíble versión de Hey Joe con el morocho apareciendo en la pantalla de forma bien psicodélica.

La última parte del show estuvo dedicada a meter un hit tras otro, mediados por los pasitos de ocasión,  la guitarra de Gibbons que decía cerveza en su parte trasera y la guitarra y bajo de algodón en la genial Legs. Así pasaron  Gimme All Your Lovin’, Sharp Dressed Man, Viva Las Vegas (con casino de fondo) La Grange y Tush con imágenes de toda la vida de la banda. El show debía terminar aunque el Luna Park entero deseaba que siguiera. Que vuelvan, se queden a vivir y empiecen a dar clases de rock and roll y blues. Cuarenta años no son nada cuando uno lleva la música en la sangre. El que se lo perdió debería lamentarlo. Ojalá se repita. Están avisados.

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