Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
La poesía es un arma cargada de futuro. Gabriel Celaya. Cantos íberos (1955).
Por Carlos Noro. Fotos Jorge Sebastían Noro.
Cuando uno menciona la década del setenta hay un sustantivo que sirve de síntesis para toda la ebullición que se generó en esos años. La palabra revolución tenía por aquellos años una fuerza inusitada, a la vez real y palpable. Estaba cerca, incluso si uno se esforzaba podía llegar a tomarla entre sus manos. Hubo tantas propuestas para concretar esta necesidad de cambiar radicalmente las cosas, como caminos para intentar llevarla a cabo. La música fue uno de ellos.
Quilapayún (en mapundungun quila: tres, payún:barbas) fue una de esas propuestas. Desde la canción folclórica optaron por cantar las injusticias y la explotación que sufrían no solo el pueblo chileno si no también el latinoamericano. Un día conocieron a Victor Jara y ahí su historia cambió radicalmente, Jara se convirtió en su director artístico. Definieron juntos, las barbas y ponchos negros que los acompañan hasta hoy. Defendieron la propuesta de la Unidad Popular de Salvador Allende y sufrieron al golpe del genocida Augusto Pinochet. Jara a esa altura un músico clave dentro de la canción popular no solo chilena si no también latinoamericana, perdió la vida frente a un grupo de cobardes soldados luego de ser secuestrado en el estadio chileno que hoy lleva su nombre. Los Quilapayún llevaron su dolor a Francia. Siguieron actuando en Europa y brindando su mensaje de liberación. Hoy por cuestiones particulares hay dos versiones del grupo. La que vimos en la Argentina es la que permanece radicada en Chile.
Luego de más de treinta años, los Quilapayún eligieron esta etapa de su carrera para homenajear a su amigo entrañable. Las palabras iniciáticas de Eduardo Carrasco, único miembro fundador que aún permanece en el grupo, sirvieron para entender los motivos. La idea era recordarlo a través de sus palabras que no son otra cosa que sus canciones. Esa es la mejor manera de volver a la vida a aquello que se ha ido pero que no se ha perdido. Los acordes de “Plegaria de un labrador”, aquella canción en la que un trabajador de la tierra reza una especie de oración cristiana pidiendo su liberación, fue el punto de partida de la noche. El silencio, aquel que antecede al recuerdo, fue quebrado por ese conjunto de voces potentes y armónicas sostenidas en los ocho integrantes y el sonar de sus instrumentos. La tremendamente actual “La canción del minero” que expresa la explotación de los mineros en chile sirvió de contraste con la intimidad de una canción que Jara dedicó a su mujer “Paloma quiero contarte” y con el relato de la historia de una pareja obrera en el que el hombre se separa de su mujer para unirse a la guerilla, denominada “Te recuerdo Amanda”.
A esta altura, cada canción debidamente introducida a modo de coro griego por alguno de los integrantes del grupo, servía para ir armando a modo de rompecabezas el pensamiento de Jara. “Herminda de la victoria” fue el relato de una bebé que muere de un balazo policial en la represión que sufrió un campamento obrero. La postuma “Manifiesto” (Yo no canto por cantar /ni por tener buena voz /canto porque la guitarra / tiene sentido y razón/ tiene corazon de tierra) incluída dentro de un grupo de grabaciones rescatadas mágicamente de la mano de los genocidas, sintetiza la manera de vivir y de morir del poeta chileno. Así como también “Con el alma llena de bandera” (Allí donde se oculta el criminal/tu nombre brinda al rico muchos nombres./El que quemó tus alas al volar/no apagará el fuego de los pobres.) es un llamado a hacer carne la verdadera revolución que cambie las cosas. El cierre con “El aparecido” que narra poéticamente las vicisitudes del Che Guevara en la selva boliviana, parece ser una metáfora de la trágica muerte del poeta sufriendo los pasos mortales de sus perseguidores.
Para el final de esta primera parte del concierto nuevamente la voz de Carrasco reapareció contando con detalles la cantidad de balazos que recibió Victor Jara. Parece increíble pero ni siquiera cuarenta y dos balazos sirvieron para acallar su discurso, su memoria y fundamentalmente su palabra.
La segunda parte del concierto, luego de un breve intervalo, fue orientada hacia los temas clásicos de la agrupación sin la presencia de Jara. Así brillaron “Cantamos porque si y porque no”, “Miren como sonríen” una canción irónica de Violeta Parra, “Vamos Mujer” de su disco “Cantata Santa María de Iquique” (unos de los discos fundamentales de la canción popular chilena), “Donde está la que quiero” (dedicada expresamente a los desaparecidos de todas las dictaduras que destruyeron Latinoamérica) o la icónica “La Muralla” mezcladas con canciones menos solemnes pero igualmente contundentes desde el punto de vista de su posición política, como “Tío Caimán” presentada luego de una graciosa puesta en escena de lecturas de diarios que hizo recordar a Les Luthiers.
El final con “El Pueblo Unido jamás será vencido” tal vez una de las frases que trascendieron la época y la distancia, sumada a “La Batea” que hizo mención a temas de la actualidad inmediata como la situación de las educación chilena cerró el telón pero no la herida. Como pocas veces el recuerdo de alguien que ya no está impregnó el ambiente. Tal vez las injusticias sigan existiendo y la lucha haya sido en vano. Sin embargo, la voz de Jara hace pensar que otro mundo todavía es posible. Solo resta encontrar la forma de llevarlo a cabo de una vez por todas.


















Lejos lo más bello que he visto….estremecedor verlos cuando se esta lejitos de la Patria amada….Gracias por venir..gracias a quien escribe este artículo hermosamente descrito el repertorio y su significado……….gracias por salvarme con su música y curarme el alma.
Gracias a vos por tus palabras. Intentamos generar algo con lo que escribimos. Es un placer saber que en parte lo logramos.